¿Qué es un pueblo noviolento?

Un pueblo noviolento es un pueblo cuyos habitantes se comprometen a erradicar la violencia en todos sus actos utilizando acciones noviolentas.

Hay que distinguir entre un pueblo en lucha por erradicar la violencia y un pueblo donde no hay violencia. En un pueblo noviolento hay violencia, y sus habitantes luchan contra ella de forma noviolenta, es decir, sin provocar más violencia en su lucha. A algunas personas no les gusta la palabra noviolencia porque prefieren imaginar ya esa sociedad sin violencia. Nosotros preferimos centrarnos en el camino para llegar a esa sociedad, y para nosotros ese camino es la noviolencia.

El concepto de violencia es bastante difícil de definir puesto que es histórico, cultural y subjetivo, es decir, su significado ha variado con el tiempo y con la cultura en la que se estudie, y además es diferente para cada persona. Según quién y en qué momento defina la violencia, elige unos comportamientos u otros. Por ejemplo, la OMS deja fuera el daño provocado a animales o al medio ambiente. En general, los grupos que ejercen violencia, cuando la definen, dejan fuera su violencia. Por ejemplo, los estados dejan fuera la violencia estructural, los medios de comunicación dejan fuera la violencia cultural, los adultos dejan fuera la violencia contra la infancia o contra la vejez, los hombres dejan fuera la violencia contra las mujeres, y así sucesivamente.

Un pueblo que aspira a erradicar la violencia mediante acciones noviolentas, no debe dejar de considerar ninguna forma de violencia, ningún acto que provoque un daño, ya sea voluntaria o involuntariamente, tanto a las personas, como a los animales como a la naturaleza en su conjunto. Evidentemente, esto va a generar conflictos entre personas que considerarán que una acción provoca un daño y otras que defenderán que ese daño no es tal. Por ejemplo, las personas veganas consideran que el consumo de carne provoca un daño a los animales, al medio ambiente y en última instancia al propio ser humano. Las personas carnívoras, aunque puedan ver el daño, no considerarán que sea lo suficientemente importante como para dejar de comer carne, o simplemente admitirán que no desean dejar de comerla.

Si el pueblo está comprometido con la noviolencia, estos conflictos no generarán más violencia de la actual. Las personas veganas realizarán acciones noviolentas destinadas a evitar la violencia intrínseca al consumo de carne, y las personas carnívoras realizarán acciones noviolentas para defender su derecho a comer carne. Puesto que las acciones noviolentas no provocan daños irreversibles y propician la escucha entre las partes en conflicto, cuanto más se profundice en el conflicto, es de esperar que la violencia global vaya disminuyendo.

 

 

La paradoja de la noviolencia

En la sociedad actual en la que estamos inmersos la violencia está, según lo radical que nos queramos posicionar, desde fuertemente institucionalizada hasta simplemente consentida. Por eso, los actos violentos nos parecen algo impactante pero cotidiano, molesto pero inevitable, ajeno pero amedrentador. La violencia nos genera al principio estupor, ansiedad y miedo, pero tras ese primer impacto, nuestra mente comienza a rebajar la tensión, a repetir las ideas que nos permiten calmarnos, a naturalizar los hechos, a poner distancia y a otra cosa mariposa.

Pero hay una serie de hechos que, no siendo violentos, logran generar estas mismas reacciones. De hecho, he comprobado que hay determinados actos considerados noviolentos que pueden generar un cierto grado de violencia: es la llamada paradoja de la noviolencia. Por ejemplo, una huelga de hambre, un bloqueo de una carretera, la ocupación de un banco, el vegetarianismo, la comunicación noviolenta, etc.

El ejemplo más claro de esta paradoja lo he vivido durante la época en la que fui vegetariano. El vegetarianismo es un posicionamiento contra el consumo de carne de animales. En mi caso, no me hice vegetariano por amor a los animales o porque quisiera llevar una dieta más saludable, sino porque investigué los efectos que para el planeta y para el ser humano tenía la producción de la carne y decidí no ser cómplice de estos efectos negativos. Pues bien, a lo largo de los tres años más o menos que duró mi experiencia, generé más violencia que comprensión hacia mi postura. Esto me resultaba bastante contradictorio pues era una opción personal que yo creía que no dañaba a nadie (salvo a la industria cárnica, pero con ellos no tuve la ocasión de debatir), antes al contrario, beneficiaba al planeta, a los propios animales y a los seres humanos. Hasta tal punto era la violencia que generaba en los demás, que finalmente decidí que ese no era el camino para comunicar mi posicionamiento ante la pobreza y demás injusticias globales.

¿Realmente mi actitud noviolenta generaba violencia?

Estoy convencido de que sí. La gente que me rodeaba y que consumía carne estaba actuando de forma normal v aceptada socialmente, y por lo tanto, no había violencia en su acción. Yo, en cambio, estaba actuando contra las reglas y lo estaba haciendo además muy torpemente, pues se sentían atacados por mi actitud en algo muy íntimo: la comida.

Lo mismo me ocurría con la comunicación noviolenta. La gente me acusaba de utilizar un lenguaje que no era natural, se molestaba si le decía que su lenguaje era violento, y, de nuevo, tenían razón.

Y es que la palabra noviolencia nos enfrenta directamente con nuestra violencia. Si yo te digo que estoy utilizando la comunicación noviolenta, te estoy diciendo que tu comunicación es violenta. Si te digo que soy vegetariano te estoy planteando que tú eres carnívoro y que hay violencia en eso. Si cortamos una carretera para protestar por una situación violenta, te estamos haciendo cómplice de esa violencia. Por eso, la palabra noviolencia tiene el poder de hacer visible la violencia que de otra forma pasa inadvertida.

¿Es posible evitar esta paradoja?

Es muy complicado. Podríamos utilizar la comunicación noviolenta para comunicar nuestras acciones noviolentas, pero ya hemos visto que también puede generar violencia. En una sociedad que se formara en la noviolencia, donde la gente se comunicara empáticamente, donde la violencia fuera vista como algo anormal y a evitar, donde los conflictos se vieran como una oportunidad para entenderse, etc. la noviolencia no generaría violencia, porque sería la conducta normal y aceptada socialmente. Por eso, hasta que no logremos transformar esta sociedad a la noviolencia, estaremos sujetos a la paradoja de la noviolencia.

¿Y cómo podemos transformar la sociedad a la noviolencia?

Pues simplemente poniéndonos manos a la obra, de forma noviolenta, por ejemplo, redactando constituciones noviolentas en todos los pueblos, como se está haciendo en Molina de Segura y en Santomera (Murcia). Pero ojo, que al decir constituciones noviolentas la gente puede pensar que la Constitución de 1978 es violenta…