Romerías y noviolencia

El presidente Ferdinand Marcos de Filipinas era uno de esos dictadores clásicos a los que les encantaba ser cada vez más rico y poderoso y que su pueblo fuera cada vez más pobre y temeroso. Y cuando el pueblo comenzó a quejarse de la pobreza, la corrupción o las injusticias, decretó una ley marcial en la que ya nadie podría volver a quejarse, ni reunirse, ni hacer huelgas, ni nada de nada.

Un día, en un recóndito pueblo, organizaron una romería para pedirle a la Virgen por por la paz mundial. Se juntaron una docena de personas y al acabar se dieron cuenta de que las romerías no estaban prohibidas y se preguntaron:

“¿Por qué no nos juntamos la semana que viene e invitamos a los trabajadores de la plantación de azúcar, que he oído que tienen unas condiciones deplorables?”

Y así lo hicieron y a la semana siguiente hablaron sobre los movimientos antiesclavistas de los EE.UU. y las técnicas noviolentas que utilizaron. Al acabar la romería, vieron que eso tampoco estaba prohibido y se preguntaron:

“¿Por qué no invitamos también, para la semana que viene, a los agricultores y pescadores y les pedimos comida y la repartimos entre la gente más necesitada y creamos una red de apoyo mutuo?”

Y así lo hicieron y vieron que eso tampoco estaba prohibido. Entonces se preguntaron,

“¿por qué no invitamos a la gente de todos los pueblos de Filipinas a hacer romerías y practicar la noviolencia?”

y así lo hicieron y en cada pueblo se hacían romerías y se hablaba de los problemas locales, se estudiaba la noviolencia y se proponían acciones noviolentas, unas veces de apoyo mutuo y otras de protesta.

Un día, tras casi 10 años de ley marcial, el dictador decidió que había que modernizarse y se declaró demócrata de toda la vida y restauró las libertades. Y el pueblo, que siguió sufriendo las mismas injusticias y la misma pobreza, también se modernizó y trasladó la acción noviolenta de forma multitudinaria a las ciudades y durante los siguientes cuatro años realizó marchas, manifestaciones, mítines, huelgas, barricadas, etc. Los problemas del país eran gravísimos y los militares comenzaban a ponerse nerviosos. A pesar de todo el trabajo noviolento del pueblo, en febrero de 1986, tras unas elecciones totalmente fraudulentas, en plena agitación social en las calles de Manila, algunos altos mandos del ejército nacional se dispusieron a dar un golpe de estado contra Marcos. El ejército fiel a Marcos, abrumadoramente superior a la parte sublevada, recibió la orden de aplastar a los sublevados y los tanques salieron a la calle. Entre ambos bandos quedaron atrapados los manifestantes. La tensión era máxima. La Guerra Civil estaba servida.

Monja repartiendo comida a los militares. Revolución EDSA.

Pero lo que había entre los tanques no era un grupo de gente desorganizada, asustada y violenta, sino la gente hecha pueblo con años de práctica noviolenta a sus espaldas. La gente volvió a sacar a la Virgen en romería y cientos de miles más de personas se lanzaron a la calle para hacer barricadas humanas y evitar que los dos bandos se enfrentaran.

Mujeres dando flores a militares. Revolución EDSA

Los conductores de los tanques, al no poder avanzar, salían y contemplaban atónitos a una multitud que les ofrecía comida, cigarros, flores y abrazos. Muchos comenzaron a desertar al ver a sus familiares entre la multitud, otros desobedecieron órdenes de sus superiores, como negarse a bombardear un campamento al ver que la gente de abajo se había dispuesto en forma de cruz y todos, absolutamente todos, se negaron a disparar a los civiles.

Durante tres días, el poder del pueblo protegió a los militares de ambos bandos para evitar el desastre y dar tiempo a que el testarudo de Marcos reconociera que había perdido todos sus apoyos y abandonara el país,

en lo que podría considerarse una de las demostraciones más formidables de acción noviolenta de la historia de la humanidad.