Día internacional de la noviolencia, 2018

Cada 2 de ocubre, fecha de nacimiento de Gandhi, uno de los mayores líderes espirituales del siglo XX, se celebra el día internacional  de la noviolencia, una buena oportunidad para plantearnos qué lugar ocupa la noviolencia en nuestros grupos.

Si formamos parte de un grupo que busca algún tipo de cambio social, probablemente hayamos realizado protestas pacíficas, manifestaciones, huelgas, presentación de alegaciones, boicoteos, sentadas, bloqueos, ocupaciones de bancos o de edificios públicos, peticiones de firmas, mítines, cartas abiertas, etc. de carácter pacífico. Incluso puede que hayamos ido un poco más lejos y hayamos experimentado algunos de los 198 métodos de acción noviolenta recopilados por Gene Sharp y hayamos realizado campañas de no cooperación y desobediencia civil. Este tipo de acciones constituyen la vertiente pragmática de la noviolencia.

Pero sólo tácticas y estrategias eficaces de lucha no nos van a convertir en un grupo noviolento. La noviolencia tiene otra vertiente, inseparable, la filosófica. Sin una visión de grupo que incluya la vertiente filosófica de la noviolencia, nuestras acciones serán más o menos eficaces, pero no producirán un cambio real en la sociedad.

Incluir la vertiente filosófica en nuestro grupo significa incluir el concepto hinduista de ahimsa, que se puede definir como la ausencia absoluta de intención de dañar. Lo que hizo de Gandhi uno de los personajes más influyentes del siglo XX no fue la invención de tácticas y estrategias noviolentas ya que muchas de ellas las aprendió estudiando los movimientos antiesclavistas y sufragistas de los siglos XVIII y XIX, sino la integración del concepto hinduista de ahimsa en sus campañas noviolentas (satyagraha).

Si en la visión, misión y acciones diarias de nuestros grupos no está incluido el principio de no dañar de forma absoluta, entonces nuestra organización no se diferencia sustancialmente de una organización criminal o militar. Cualquier organización violenta puede hacer manifestaciones, huelgas, boicoteos o mítines noviolentos si les parece la forma más eficaz de conseguir sus fines. También organizaciones pacíficas pueden utilizar, y de hecho lo hacen, la violencia para transformar la sociedad hacia sus valores y sentirse legitimadas para ello.

Sin embargo, ¿es realista declarar en la visión de nuestra organización el principio de no dañar de forma absoluta? Conducir un coche contamina, comprar un móvil contribuye a la expoliación de países empobrecidos, comer mata a seres vivos, muchos pensamientos son dañinos, … ¿Es posible hacer “algo” sin provocar algún tipo de daño? Evidentemente no. Somos seres humanos, seres vivos que provocamos algún tipo de daño con nuestra mera existencia en este planeta.

Para ilustrar este complicado dilema que estoy planteando me basaré en un ejemplo de acción noviolenta donde una organización pacifista decide organizar una marcha multitudinaria hacia una planta de energía nuclear para exigir su cierre.

Para que esta campaña de protesta fuera noviolenta, al convocar la marcha no se repartirían folletos impresos en papel por no dañar a los árboles, pero tampoco se difundiría por las redes sociales puesto que los móviles contienen el mineral coltán que provoca guerras en países donde se extrae y los ordenadores de las empresas proveedoras de Internet son tan enormes que contribuyen de manera sustancial a las emisiones de CO2. Para la alimentación de la gente, no se compraría la comida en supermercados porque son responsables de la pérdida de negocios locales, controlan los precios en origen y son cómplices de las políticas de las grandes multinacionales. No se bebería agua embotellada por el problema medioambiental de los plásticos desechados ni refrescos por su alto contenido en azúcar. Durante la marcha, no se gritaría ni se saldría la gente del camino marcado, para respetar la naturaleza, los pájaros, las plantas, etc. Una vez en las inmediaciones de la central nuclear, no se buscaría el enfrentamiento con la policía, ni con las y los jefes y trabajadores y ni siquiera se les increparía. Se respetarían todos los muebles e inmuebles, los jardines y parques, los automóviles, etc. Si las autoridades pidieran que se disolviera la marcha, se opondría cierta resistencia, pero para evitar daños, la marcha se disolvería tranquilamente.

Con todos estos condicionantes mucha gente comenzará a dudar de la eficacia de las acciones noviolentas. Algunas personas objetarán contra la decisión de no usar papel aduciendo que es una materia prima renovable. Otras quizás arguyan que por qué no comprar en supermercados si, de todas formas, toda la gente que participa compraría en supermercados su comida ese día. Habrá también quien decida unilateralmente que si la policía le golpea tiene todo el derecho del mundo a devolver el golpe. Y así, de forma contradictoria, todas las personas nos autoadjudicamos la potestad de provocar daños a otras personas o al medio ambiente simplemente porque estamos realizando una acción que evitará “daños mayores”. Todas estas justificaciones, que se podrían sintetizar en el viejo dicho “el fin justifica los medios” son contrarias a la noviolencia que se podría sintetizar en el más moderno dicho “los medios son los fines”.

Podemos tratar de resolver este dilema aferrándonos aún más a la noviolencia, no tanto como sea posible, sino tanto como sea imaginable. Porque lo posible está limitado por los condicionamientos cotidianos y no puede escapar, pero lo imaginable no tiene límites. Para que esta acción fuera absolutamente noviolenta, deberíamos imaginar a decenas de pequeños grupos de personas comprometidas con la noviolencia organizando asambleas facilitadas en cientos de pueblos, debatiendo de forma noviolenta, es decir, utilizando la comunicación noviolenta y la gestión emocional;  tomando decisiones por consenso; comunicándose de pueblo en pueblo a través de delegadas; consumiendo los productos que producen sus tierras comprados en moneda social en cooperativas de productoras y consumidoras locales; siguiendo una alimentación vegana; desplazándose a pie o en bicicletas recicladas; cuidando todos los detalles de la marcha para que nadie pase hambre ni frío ni enferme; apelando a la solidaridad de las vecinas y vecinos de los lugares por los que pasen para que les provean de agua y alimentos; caminando en fila, en silencio o meditando u orando, salvo quizás las niñas y niños, observando la naturaleza y maravillándose de su belleza; llegando a las inmediaciones de la central nuclear tranquilamente y sentándose a una distancia desde la que puedan ser vistos pero que no representen una amenaza para la seguridad de las instalaciones; cantando y bailando para expresar la alegría de formar parte de esta protesta; invitando a las y los trabajadores de la planta nuclear a unirse a su alegría; montando puestos de información sobre las desventajas de la energía nuclear y proponiendo alternativas no dañinas; enviando manifiestos a las autoridades, a la policía, a los y las empresarias explicando claramente el carácter noviolento de la protesta y la determinación de no abandonarla hasta que se cierre la planta; invitando a los medios de comunicación a que apoyen la protesta imponiéndoles condiciones para que no la desvirtúen; generando lazos de unión entre la gente de la protesta, la gente que no protesta y el resto de pueblos del mundo;repartiendo abrazos y flores a la policía cuando intentara desalojar el campamento, …  Y si, finalmente, las autoridades decidieran disolver la protesta violentamente, autodisolverse para volver al día siguiente con más gente.

Quizás no seamos capaces aún de realizar protestas de este tipo en nuestros grupos a pesar de que tenemos ejemplos de pueblos que lo han hecho, pero lo que está claro es que ha llegado el momento en que podemos imaginarlas.

 

 

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