La vida es pesadilla: 7 millones de segismundos en España

Ay mísero de mí, y ay infelice.
Apurar, jueces, pretendo
ya que me encerráis así,
qué delito cometí
contra vosotros saliendo.
Aunque si salí ya entiendo
qué delito he cometido,
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del niño es haber salido.

Solo quisiera saber
para entender este infierno,
dejando aparte, gobierno,
el delito de salir,
en qué más os pude herir
para castigarme más.
¿No salieron los demás?
Pues si los demás salieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?

Sale quien fuma, de salas
que con su cigarro ahuma
y apenas se desentuma
mientras tú su humo inhalas,
cuando tóxicas bengalas
enciende con ansiedad
negándose a la obviedad
de que fumar no le calma,
¿y teniendo yo más alma
tengo menos libertad?

Sale el perro y con sus cacas
que dibujan manchas bellas
apenas pisas sobre ellas
se te clavan como estacas
y pues, gobierno, atacas
mi humana necesidad
de corretear a mi edad,
de un monstruo no eres distinto.
¿Y yo con mejor instinto
tengo menos libertad?

Sale el que vende y contagia,
sale el que compra y lo pilla
y aunque lleven mascarilla
nadie aquí se descontagia,
¡parece cosa de magia!
Tamaña arbitrariedad
al tratar la enfermedad
no es ciencia, es desvarío.
¿y yo con más albedrío,
tengo menos libertad?

Sale el rico por su hacienda
y entre flores se desata
y apenas gasta su plata
en paseos por Teletienda
pretendiendo que yo entienda
esta cruel desigualdad
que impone su majestad
a la infancia reprimida
¿y teniendo yo más vida
tengo menos libertad?

Confinado en mi prisión
de paredes, losas y techo
quisiera arrancar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón
propia de un estado inculto
niega a la infancia un indulto
que por decreto oficial
da al rico y al animal,
al que fuma y al adulto?