Acción noviolenta ¿Falta mucho para que cambien la Ley?

El jueves 9 de abril de 2020, a las 10:00 de la mañana, comienza una campaña noviolenta en tweeter para pedir al gobierno de España que permita salir a los niños a la calle durante el confinamiento. La campaña se basa en el cuento “falta mucho para que cambien la Ley” y en la petición y carta abierta de Heike Freire.

La táctica que emplearemos será la de hacer tendencia el hashtag #CoronaInfancias.

Estos son los pasos para participar en esta campaña

Recomendaciones y advertencias

1) No pedimos ni incitamos a incumplir la ley, sino a cambiarla.

2) No pedimos que ninguna persona que ahora mismo puede salir a la calle deje de hacerlo.

3) No responderemos a ningún tuit ofensivo.

4) Mantendremos una comunicación respetuosa.

Ejemplos de tuits

Sra. Alcaldesa de Santomera, ¿Falta mucho para que cambien la Ley para que l@s niñ@s puedan salir de casa?

#CoronaInfancias

Curso de gramática: de chacal a jirafa: la culpa (y 3)

En el primer artículo sobre la culpa la describí como un conjunto de sentimientos expresados de forma que eluden mi responsabilidad y en el segundo artículo expresé cómo me vi atrapado por un sentimiento de culpa feroz al dañar a una amiga muy querida. En ambos casos, comprendí que la culpa era inútil.

La inutilidad del falso sentimiento de culpa es más aparente incluso cuando alguien te manifiesta que se siente culpable por algo que te ha hecho. Salvo que tu intención sea  aprovecharte de la mezcla de sentimientos de dolor, pena, tristeza, abatimiento, etc. que siente la otra persona para abusar de ella, el sentimiento de culpa puede hacer bien poco por ti.

Hace unos días, una amiga me manifestó que se sentía culpable de no haber intervenido con más decisión en una serie de conflictos en un grupo de niños y niñas entre las que se encontraban su hijo y mi hija. A grandes rasgos, yo mantenía una postura firme de proteger a mi hija de golpes de otros niños y niñas y su postura era más bien de una intervención mínima entre ellas y ellos. Estas posturas enfrentadas nos llevaron a un cierto distanciamiento de las familias que yo viví con tristeza y consternación.

Cuando mi amiga me manifestó que se sentía culpable, lo primero que escuché fue un claro reconocimiento de que yo tenía razón. Puesto que yo sabía que no debía aprovecharme de su sentimiento de culpa, le pregunté si tras sus palabras había un sentimiento de tristeza y pena por lo sucedido o más bien un sentimiento de reconocimiento hacia mi postura en el conflicto. Ella me contestó que reconocimiento y seguimos hablando un rato sobre el tema en un tono distendido y amigable.


Pero la culpa que se había manifestado ya había operado en mí a un nivel subconsciente: me aproveché de su sentimiento de culpa para que reconociera que yo tenía razón en el conflicto. Me aproveché de su dolor y de su honestidad para que manifestara que ella estaba equivocada, y además, todo esto en un entorno de confianza entre nosotras, y yo actuando desde mi rol de facilitador en comunicación noviolenta.

La culpa nos arrastró a ambas. Ella se mostró débil y yo estaba aún dolido. Ella fue un chacal honesto y yo fui un chacal rencoroso. La culpa está tan arraigada en ella como en mí, y cuando la dejamos aparecer es fácil que se establezca una relación de abuso.

Comencé este curso de traducción de lenguaje chacal a jirafa advirtiendo de que la culpa era uno de los elementos del lenguaje chacal más utilizados. De tan utilizada, me resulta tan natural expresar que me siento culpable como abusar de la persona que se siente culpable. Por eso considero necesario poner conciencia para dejar de utilizar este complejo elemento gramatical del lenguaje chacal y utilizar estructuras más simples, verdaderos sentimientos como la expresión del dolor, la pena, el cansancio, …

Con esta tercera entrega cierro el tema de la culpa para pasar a experimentar un nuevo tema que me atrevo a juzgar como el más utilizado del lenguaje chacal: el juicio.

Curso de gramática: de chacal a jirafa: la culpa (2)

Ayer dañé a mi mejor amigo. Hice algo espontáneo que le produjo una dolorosa tristeza y un sentimiento de desconexión conmigo.

Me sentí culpable, a pesar de que en la primera parte de esta serie de artículos, expliqué que la culpa no es un sentimiento.

Sentí una enorme presión en el estómago que a duras penas conseguía aliviar tumbándome en el sofá, poniéndome la mano sobre la barriga y respirando profundamente. Mi mente comenzó a imaginar todas las posibles formas en las que mi amigo estaría sufriendo por mi culpa y las catastróficas consecuencias que mi acción iba a tener sobre nuestra relación. Cuanta más rienda suelta daba a mi mente, más intensa era la angustia en mi estómago.

Cuando estuve algo más relajado, le escribí un correo electrónico pidiéndole perdón, justificando mi acción declarándole una parte de mí soberbia que no controlaba, diciéndole que lo sentía y acabé manifestándole que para que no se repitiera algo así, no volvería a expresar más mi opinión.

Me tumbé otra vez en el sofá, respirando profundamente, ahora con la inquietud de si mi correo electrónico serviría para mejorar o empeorar las cosas y el agudo pinchazo del estómago apareció con más fuerza.

Me levanté y salí a la calle, bajo un sol de justicia, a ver si encontraba una jirafa que me diera algo de empatía:

Jirafa: ¿Cómo te sientes?

Yo: Fatal, me siento culpable.

Jirafa: Perdona, eso no lo reconozco como sentimiento. ¿Qué sientes físicamente en el cuerpo?

Yo: No consigo relajarme, tengo el nervio metido en el estómago y apenas puedo respirar.

Jirafa: ¿Qué debería ocurrir para que esa sensación acabase?

Yo: Ojalá me contestara al email y me dijera que lo que hice no había sido para tanto y que no me preocupara, que ya se le había pasado.

Jirafa: ¿Te gustaría que él no estuviera sufriendo ahora mismo?

Yo: Sí, lo que más pena me produce es el dolor que le he causado. Me gustaría hacer algo para que su dolor desapareciera, pero temo que cualquier cosa que haga puede acrecentar su dolor.

Cuando daño a alguien, lo que más pena me causa es imaginar el dolor de la otra persona y para acabar con mi sufrimiento deseo que la otra persona deje de sufrir cuanto antes. Sin embargo, esta estrategia para satisfacer mi necesidad de tranquilidad coloca toda la responsabilidad en la otra persona y puedo acabar presionándola para que olvide su dolor.

Una vez que me di cuenta de esto y acepté que mi amigo debía gestionar su dolor sin que yo me entrometiera, comencé a relajarme y a confiar en él, en nuestra amistad y en su proceso. De este modo, pude aprovechar la energía que me proporcionaba mi dolor para concentrarme más en mí, para recordar mi acción, para reconocer cómo me sentía cuando hice lo que hice y para detectar las necesidades que me llevaron a actuar así con mi amigo. Pude entonces recordar y analizar comportamientos similares que han provocado dolor en otras ocasiones y diseñar estrategias para cambiarlos.

Al dejar de centrarme en que mi amigo me perdonara rápidamente y, en cambio, observarme a mí mismo, conseguí atravesar mi sensación física de dolor para conectarme más profundamente conmigo mismo.

Al poco tiempo mi amigo me llamó por teléfono “en lenguaje jirafa” y tuvimos una conversación donde me expresó claramente su dolor por mi acción y por mi reacción; donde yo pude expresarle mi pesar sin culpa y donde nos sentimos aliviados y con confianza de nuevo entre nosotros.

Curso de gramática: de lenguaje chacal a lenguaje jirafa

Hoy me he sentado delante de un ordenador para escribir algunas ideas que quiero compartir contigo y he pasado unos cinco minutos decidiendo cómo comenzar pues me siento un poco indeciso y un pelín nervioso porque quiero expresarme de forma clara, sincera y cuidadosa ya que me gustaría que leyeras este texto con atención.

Desde niño siempre he tenido la necesidad de ampliar la gramática de forma que haya más tipos de oraciones aparte de las enunciativas, desiderativas, exclamativas, etc. Cada vez que me he encontrado en la tesitura de tener que explicar a otra persona que lo que le había dicho carecía de la más mínima intención de hacerle daño o cada vez que tenía que usar expresiones con una gran carga emotiva para transmitir mi mensaje, como “estoy tremendamente consternado”, “lo siento en lo más profundo de mi corazón”, “eres la persona más importante para mí en mi vida”,… me he sentido frustrado y me he lamentado: ¿por qué no habrá una forma de utilizar el lenguaje en la que la otra persona entienda perfectamente lo que quiero decirle?

Esta aspiración infantil se ha ido desvaneciendo conforme he ido aprendiendo que en la comunicación yo no puedo controlar cómo tú entiendes mi mensaje. Sin embargo, he aprendido gracias a la Comunicación No Violenta (CNV), que la forma en que yo me expreso y la forma en la que tú me entiendes se ven afectadas por nuestros sentimientos y necesidades. Si tú y yo ponemos un delicado interés en diferenciar los hechos, los pensamientos, los sentimientos y las necesidades en nuestra conversación y estamos dispuestas a cuidarnos, a conectarnos y a dar y ofrecer empatía, entonces estaremos utilizando el lenguaje de un nuevo modo: la comunicación empática.

Relee, por favor, la frase con la que comienza este texto y trata de identificar los hechos, mis sentimientos, mis necesidades y la petición que te hago. He utilizado este tipo de oración para comenzar este texto porque creo que hablando de esta manera vas a conectar mejor con mis sentimientos y necesidades.  A este tipo de comunicación, en el marco de la CNV se la conoce como comunicación jirafa.

Imagina que hubiera comenzado este artículo con la siguiente frase:

Nuestras relaciones cada vez van a peor porque no sabemos comunicarnos. En las escuelas nos enseñan a obedecer sin rechistar, en las familias impera la ley de la autoridad y en la sociedad los medios de comunicación nos hacen enmudecer. Pero hay un tipo de comunicación más sincera y auténtica llamada Comunicación No Violenta desarrollada por Marshall Rosenberg que cuando se practica mejora nuestra capacidad de empatizar con los demás.

¿Qué información te transmito sobre mi estado de ánimo? ¿Qué me mueve a escribir? ¿A quién me dirijo? ¿Qué te pido a ti como lectora? Al escribir de esa manera, tú no tienes elementos para responder a estas preguntas ni yo demuestro ningún interés por cómo estás recibiendo mi mensaje. Esta forma de comunicación es una forma que no me está acercando a ti y por lo tanto, difícilmente va a producir una conexión en la que ambas podamos satisfacer nuestras necesidades.

A este tipo de comunicación, en el marco de la CNV se la conoce como comunicación chacal. Y me apena constatar que a mi alrededor y en mí mismo, este tipo de comunicación chacal está muy presente.

Este artículo es la introducción de una serie de artículos sobre Comunicación No Violenta en los que voy a compartir mis esfuerzos para transformar mi comunicación chacal en comunicación jirafa. En cada artículo trataré de un elemento gramatical del lenguaje chacal y cómo se puede traducir a lenguaje jirafa.

El próximo artículo tratará sobre uno de los elementos gramaticales del lenguaje chacal utilizados con más frecuencia: la culpa.